A pesar de la búsqueda de cierto equilibrio y el deseo de que podamos vivir en un mundo en paz, sin guerras ni conflictos, las relaciones no son simples. Y todo este proceso es parte de la condición humana. No es fácil aceptar la agresividad como una tendencia humana y con frecuencia, se busca escapar de este saber disfrazando las situaciones donde el acto agresivo se hace presente, o negándolo, poniendo la culpa en un objeto externo.
No existe encuentro donde el amor y el odio no se hagan presentes. Por eso en este juego, la agresividad, así como la posibilidad de destrucción, estarán siempre presentes. Tomemos como ejemplo el acto de amamantar:
- Desde que nace, el bebé vive estos impulsos agresivos. En un primer momento, es capaz de "atacar" al pecho de la madre buscando satisfacción. Es bueno recordar que en sus primeros meses de vida el chico no se ve como una persona separada de su madre: madre y bebé son uno, por eso, cuando ataca al pecho, está atacando algo suyo. Al mismo tiempo, va construyendo la noción de que algo fuera suyo es afectado (en este caso su madre). Ella se ve afectada cuando por ejemplo, el bebé grita de dolor o cuando saca el pecho de su boca. Algo nuevo en este encuentro está siendo construido y, también por sentirse amenazado (de perder el pecho por ejemplo), busca una reconciliación. En este punto, es necesario que el bebé tenga a su lado una madre que soporte el ataque de su bebé y sepa poner límites.
Este ejemplo muestra como el desarrollo psíquico del bebé pasará directamente por las experiencias y por el desarrollo del cuerpo físico. Con la experiencia, va incorporando aspectos positivos, pero también aspectos negativos. Las fuerzas positivas y negativas operan con mucha intensidad.
La explosión de la agresividad del bebé (no es diferente en los adultos) no deja de ser una posibilidad de exteriorizar lo que le molesta y no sabe como manejar. En oposición a esto, las fuerzas destructivas controladas internamente, podrían llevar al chico así como al adulto a un estado de depresión.
El chico buscará formas creativas para manejar sus miedos ante sus impulsos de cólera, o de algo que lo molesta y que puede llevar a destruir a quién lo está "molestando". Los juegos y los juguetes pueden ser usados como recursos donde el mal aparecerá sin que se sienta culpable o preocupado con los posibles castigos del mundo exterior - de los padres, profesores, compañeros... En el juego, es posible también vivenciar la posibilidad de destrucción y reconstrucción.
Es necesario comprender que la agresividad no es del todo negativa. Cuando no es negada y se vive con madurez, puede ser usada como fuerza y recurso para lidiar con las dificultades que existen en las relaciones humanas (soportar las diferencias, los impedimentos momentáneos y mejorar la forma de relacionarse) .
Es posible que, al contrario, cuando no se es firme en este proceso, cuando no se incorporó la idea de que se puede sentir rabia y que el odio es inherente a nuestra voluntad y que muchas veces se trata de una manifestación inconciente, las pérdidas sean grandes y muchas veces se hará necesaria la utilización de la ley.
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